LA CIENCIA DEL AMOR: El adictivo cóctel cerebral del amor
- El enamoramiento hace al cerebro segregar sustancias con efectos similares a las drogas
ROSA M. TRISTÁN / El Mundo.es, 14/02/2008MADRID.- La química del amor está en marcha: abrazos, caricias, miradas cómplices que no se ocultan al mundo. El enamoramiento entre el presidente francés Nicolas Sarkozy y la cantante Carla Bruni está en su fase álgida y sus cerebros, según las últimas investigaciones, están en ebullición eléctrica (por las descargas neuronales) y química (por las hormonas y sustancias que participan). Toda una droga.
Empezando por la infancia, algunas investigaciones apuntan que entre los cinco y los ocho años ya se desarrollan los moldes cerebrales que determinan de quién nos enamoramos. Por ello, a menudo el flechazo surge con personas parecidas a lo largo de toda la vida. “Para que se produzca, debe haber concordancia de interés entre las dos personas y que surjan recuerdos de otros momentos de atracción”, explica José Luis González de Rivera, jefe de Psiquiatría en la Fundación Jiménez Díaz de Madrid.
A veces, añade este experto, es un amor de rebote, para acabar con el sufrimiento que produce una ruptura, el famoso “un clavo saca otro clavo”, que es lo que podría haberle sucedido a Sarkozy tras ser abandonado por su mujer Cecilia. “Pero son enamoramientos a menudo decepcionantes, porque no se basan en la atracción por la otra persona. Es mejor esperar a deshabituarse del anterior”, asegura este psiquiatra.
Y es que al enamorarse se provocan reacciones químicas adictivas, como con las drogas, y el desamor produce síndrome de abstinencia.
Para empezar, en contra de lo que se pensaba, las mujeres emiten feromonas al ovular, como otras hembras de animales. Son hormonas inodoras pero que perciben los hombres.
Un estudio publicado en la revista ‘Evolución and Human Behavior’ detectó que las ’strippers’ ganan el doble cuando están ovulando que cuando tienen la menstruación, lo que sugiere que los hombres responden a esos estímulos olfativos. También se comprobó que los maridos son más celosos y más atentos sexualmente con sus esposas durante el periodo de ovulación.
Otros investigadores han demostrado que, por su parte, las mujeres detectan el complejo de histocompatibiblidad mayor (CHM) del sistema inmune, unos genes que producen olores diferentes, y sienten mayor atracción por los varones con un CHM diferente al propio.
Descarga química
Una vez encontrada la persona más atractiva, el sistema nervioso se pone en marcha y se produce una descarga de feniletilamina, un compuesto de la familia de las anfetaminas que desata la pasión. «Ella es la responsable de producir la excitación, la que hace que se produzca la dopamina, que es el neurotransmisor relacionado con el placer y la recompensa», comenta David Huertas, psiquiatra e investigador del Hospital de Guadalajara.
Huertas no duda de que en el futuro se fabricarán sustancias que favorezcan los enamoramientos con unas gotas de oxitocina (la hormona de la confianza y el apego), serotonina (que genera bienestar), dopamina y noradrenalina (que dilata las pupilas y acelera la tensión).
De ese cóctel explosivo es del que surge, según los últimos estudios, el enamoramiento y la adicción a esos arrebatos de los que no se libra ni Sarkozy, aunque su popularidad caiga en picado.
Otra hormona que está en activo es la testosterona. Se ha descubierto que la testosterona genera deseo sexual en las mujeres, en las que actúa como un afrodisíaco que se podría recibir de los besos de la pareja masculina.
Las resonancias magnéticas funcionales y la tomografías de positrones han ayudado mucho a conocer qué zonas del cerebro se encienden por amor. Según el equipo de Helen Fisher, son las áreas afectadas por la dopamina (que se produce en la zona tegmental ventral y se libera en el núcleo accumbens y la corteza frontal) las que se ponen al rojo vivo, así como el septum de las mujeres, una zona donde se sitúan las emociones, y la corteza visual en los hombres, donde se aprecia la belleza.
Los investigadores Samir Zeki y Andreas Bartels comprobaron que, además, se inhibe el córtex frontal, donde reside la racionalidad y el sentido crítico respecto a la pareja. Son las locuras del amor.
Una vez pasada la pasión, que dura meses, otras áreas comienzan a funcionar, las vitales en las relaciones duraderas. Por ello, una relación estable puede verse sorprendida por una aventura imprevista. En otros casos no se llega a la segunda fase, y con la pasión desaparece toda la atracción.
Foto: Visita de Nicolás Sarkozy y Carla Bruni al Valle de Luxor en diciembre pasado. (Foto: AFP)
http://www.elmundo.es/elmundo/2008/02/13/ciencia/1202927550.html.
LAS BASES DEL PLACER: Por qué lo llaman amor cuando…
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La ciencia busca una explicación a la existencia del orgasmo femenino
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Un mecanismo de reproducción o un accidente de la evolución son algunas de las teorías
CRISTINA DE MARTOS / El Mundo.es, 14/02/2008MADRID.- El sexo es, para algunos, puro placer y, para otros, la máxima expresión del amor. Más allá de sus fines reproductivos, que no todo el mundo persigue, el sexo es divertido y placentero, sobre todo en su punto álgido, el orgasmo.
Sin embargo, poco sabemos aún del inglés ‘the big O’ o la francesa ‘petite mort’. El orgasmo es aún un misterio en muchos sentidos para la ciencia. Sólo en las últimas décadas se han iniciado estudios serios encaminados a discernir su funcionamiento, sus porqués, su origen y sus alteraciones, que afectan a un porcentaje de la población mucho más alto del que cabría esperar.
El ’sexismo científico’, que ha llevado a que sepamos más sobre el cuerpo y las enfermedades en el hombre, también se manifiesta en el campo de la sexología, en parte alimentado por la aparente complejidad de la fisiología del orgasmo femenino, por no hablar de los tabúes. El clímax masculino tiene su razón de ser, y es meramente funcional. Los hombres tienen orgasmos porque de ellos depende su éxito reproductivo. Es una adaptación evolutiva, según ha podido explicar la ciencia.
Pero, ¿qué ocurre con las mujeres? El debate está abierto y de momento no tiene un claro vencedor, aunque hay teorías mejor argumentadas que otras. En general, todas se reparten entre dos posturas: que el orgasmo es, igual que en el hombre, un mecanismo para aumentar las opciones reproductivas o, por el contrario, que es un accidente de la evolución sin ningún objetivo biológico; puro placer.
La explicación adaptativa, defendida por John Alcock, profesor de biología de la Universidad Estatal de Arizona (EEUU), sostiene que todos los fenómenos fisiológicos y mecánicos que rodean el clímax femenino hacen más probable un embarazo. Este enfoque tiene su mejor baza en una hormona, la oxitocina, que, entre otras muchas funciones, hace que el útero se contraiga antes y después del orgasmo. La hipótesis es que estos movimientos rítmicos facilitan la entrada del semen en el útero.
Ahora bien, millones de mujeres se han quedado embarazadas sin alcanzar el clímax, estadística que quita lustre a esta teoría. Esa es la opinión de la filósofa estadounidense Elisabeth Lloyd, autora de un artículo de gran repercusión científica titulado ‘El caso del orgasmo femenino’. Para Lloyd, la ausencia de evidencias que relacionen el éxtasis de la mujer con algún aspecto de la fertilidad o el éxito reproductivo indica que éste existe por accidente, debido a la evolución común de los genitales en las primeras semanas del desarrollo embrionario.
Las rutas del placer
El clítoris es el órgano sexual femenino por excelencia. En él confluyen 8.000 terminaciones nerviosas de tres procedencias distintas (pélvica, pudenda e hipogástrica). Este ‘botón de placer’ tiene el mismo origen embrionario que el pene masculino y es una fuente de satisfacción sexual primaria –más del 90% de las mujeres necesita de la estimulación clitoridiana para alcanzar el orgasmo-, aunque no la única.
El famoso punto G, situado a tres o cinco centímetros de la entrada de la vagina, según su descubridor, el sexólogo alemán Ernst Grafenberg, sería otro centro placentero, aunque su existencia se ha puesto en duda en incontables ocasiones. Cada mujer, en definitiva, es un mundo.
Partan de donde partan, los estímulos viajan desde la región genital y se transforman en una experiencia sensorial de placer máximo que se manifiesta de las formas más extravagantes. Algunas pierden momentáneamente la consciencia, lloran y ríen, el corazón duplica sus latidos, las pupilas se dilatan y toda la tensión acumulada explota.
La autopista que recorren los impulsos es la médula espinal. Pero, ¿siempre? Esa es la ruta común pero no la única. Experimentos realizados con mujeres que sufrían diferentes grados de lesión medular han demostrado que son capaces de experimentar un orgasmo y lo hacen, además, mediante la estimulación de sus genitales, aunque no tengan sensibilidad en ellos.
Barry Komisaruk, especialista en psicobiología, relata en su libro ‘La ciencia del orgasmo’, publicado por la Universidad Johns Hopkins (EEUU), cómo el placer sexual es posible para estas mujeres gracias a una ruta alternativa que trasporta las señales: el sistema vagal, que se salta la médula espinal, y llega directamente al cerebro.
El verdadero órgano sexual
Todas estas vías no son necesarias, se puede prescindir de la sensibilidad genital. Es posible experimentar un orgasmo por el simple hecho de pensar porque el centro del control está en el cerebro. Aquí las diferencias entre hombres y mujeres se difuminan tal y como muestran los estudios de imagen realizados.
Gracias a ellos podemos otear en el horizonte de algunas parafilias. Durante el clímax sexual se activa el centro de la recompensa (el núcleo acumbens), que media las adicciones. También se activan la ínsula y el córtex cingular, áreas que intervienen en la respuesta al dolor -por eso lo soportamos mucho mejor en esos momentos de éxtasis-. Casi todo lo demás, incluida una zona del córtex prefrontal relacionada con trastornos de hipersexualidad, se silencia. Es el ‘apagón cerebral’.
Un feliz accidente o la obra maestra de la evolución. Poco importa. Una experiencia sexual placentera no tiene por qué pasar por un orgasmo, pero mejora; y la ciencia cada vez está más capacitada para solucionar los problemas de aquellos (muchos) que sufren disfunciones sexuales. La democracia llegó a la cama cuando la mujer se sintió libre para disfrutar, ahora entramos en la etapa del Estado de bienestar.
Ilustración: Santiago Sequeiros




























