SHANGAI (CHINA).- Shangai se levanta con el sol, aunque aquí no se vea mucho. Una neblina gris suele estar siempre presente, quizás recordándonos todo lo que viene de aquí. Compramos el ticket de metro y pagamos con un billete que lleva todavía la cara de Mao, aunque murió en 1976, y esperamos en unos andenes modernos con pantallas planas que informan sobre el puente más largo del mundo llevado a cabo íntegramente por ingenieros chinos. No nos sorprende.
Hoy es jueves. En cada puerta hay un hombre uniformado con una banderita, es parte de la campaña institucional de educación cívica, que nos instruye a hacer colas, a dejar salir antes de entrar y, sobretodo, a empujar para que se cierren las puertas.
Las horas punta son de locura, pero nadie se queja. La confrontación se evita, los gritos paralizan cualquier interacción y en un país de 1.300 millones de personas reina el concepto confucionista del mantenimiento de la armonía. Y en su defensa tenemos que decir que el país funciona. Al pasar por delante de cualquier parque se pueden ver señoras en zapatillas de casa haciendo taichi y bailando con pañuelos de colores. No les hace falta apuntarse a un gimnasio para hacer ejercicio. Paramos en un puesto en la calle y para desayunar tomamos un baozi (bollito de pan al vapor relleno) y un té de perlas (bolas de tapioca).
Al llegar a la Universidad, en la puerta paran a los chóferes. Quizá de las mismas multinacionales que envían a sus expatriados con sueldos occidentales, quizá las mismas empresas que critican al gobierno por su falta de respeto a los derechos humanos, pero que pagan 100 euros a sus operarios chinos. Quizá y ojalá sean de los que vienen a aprender y a integrarse.
Cualquiera que ha llegado a China con un sueldo occidental se puede permitir un chófer y una señora de la limpieza, pero conseguir la matrícula para circular en Shangai puede llegar a costar tanto como el coche. Estudiar, pese a ser un país excomunista, es caro. Un postgrado cuesta unos 1000 euros, un sueldo medio es de 100 a 300 al mes. En una clase de veintitantos hay 17 nacionalidades distintas.
Mientras el Tíbet sale en los periódicos de todo el mundo que podemos leer por Internet, compartimos pupitre con turcos, argelinos, mongoles y camboyanos que podrían contarnos historias parecidas. Nos sorprende que todo el mundo hable de Tíbet y nadie del Xingjiang o de Inner Mongolia.
A la hora de comer, alumnos, profesores y trabajadores comparten mesa e historias. Igual que en el examen médico que tiene que pasar todo extranjero que quiera estar en China más de 180 días, no importa que seas estudiante o director general, todos hacemos las mismas colas y llevamos la misma bata blanca y la misma bolsa de plástico en los zapatos. Suena música de fondo, siempre canciones de amor. En China no se canta a la libertad, nunca entenderán a Silvio pero les encanta Celine Dion.
Después de clase nos pasamos por una de las numerosas librerías de cinco pisos y es difícil encontrar un libro en inglés. En tiempos de globalización, en China existe autosuficiencia cultural y basta con nombrar a Yan Fu, LIn Shu, Wo Woyao, Hu Shi, Gao Xingjian para constatar nuestro desconocimiento.
Caminamos; en algunas calles podríamos estar en NYC y en otras en Pakistán. Antes de cenar parada obligada en una tienda de DVDs, que con el karaokee son los pasatiempos oficiales. Las películas que están en cartelera en el resto del mundo se pueden comprar piratas por medio euro. Ir al cine cuesta 14 veces más. 1.300 millones de personas cargándose el imperio de las productoras y distribuidoras, ¿será eso una revolución?
http://www.soitu.es/soitu/2008/04/22/vidaurbana/1208856925_539945.html
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