Por PABLO FRANCESCUTTI (SOITU.ES), 25-04-2008
La próxima vez que te acerques a un gallinero, muestra más respeto por esos humildes plumíferos. ¡Estás frente a los descendientes del temible Tyrannosaurus rex! Lo ha establecido el rastreo de una proteína a través de la cadena evolutiva, según leo en la revista Science.
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Dibujo con las relaciones de parentesco de los grandes grupos de vertebrados publicado por Science.
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La pesquisa comenzó en 2003, en el yacimiento de Hell Creek (Riachuelo del Infierno) del estado de Montana (Estados Unidos), un auténtico paraíso para los buscadores de huesos del Cretácico superior. Allí desenterraron el esqueleto de un tiranosaurio de 68 millones de años de antigüedad. En apariencias, se trataba de un hallazgo más, de no ser por la presencia de tejidos blandos en un hueso de la pata del bicho.
Los huesos se componen de proteínas y minerales, y hasta muy recientemente se ha creído que el proceso de fosilización destruye todo resto de materia orgánica al transformarla en «piedra». Pues bien, escudriñando en el microscopio, Mary Schweitzer, una paleontóloga de la Universidad de Carolina del Norte, encontró que en el fémur enterrado en Hell Creek habían sobrevivido fragmentos de colágeno, una proteína fibrosa presente en piel, tendones y tejidos óseos de la mayoría de los seres vivos.
Esto ha representaba una primicia, pues hasta entonces no se habían descubierto moléculas orgánicas de una antigüedad superior a 100.000 años. Para salir de las dudas, la especialista tomó una pequeña muestra y la expuso a ciertos anticuerpos que reaccionan en contacto con el colágeno; y así ocurrió. Posteriores pruebas realizadas con otras metodologías volvieron a dar positivo; la última de ella el análisis molecular.
A continuación los expertos compararon la ‘firma’ molecular del colágeno del T. Rex con el de otros colágenos almacenados en un banco de proteínas pertenecientes a especies animales actuales. Para su sorpresa, vieron que coincidían llamativamente con los de avestruces y gallinas y, en menor medida, con el de los caimanes.
Ese parentesco se sospechaba desde hace tiempo, pero se basaba en similitudes morfológicas (comparaciones de esqueletos, sobre todo). La última confirmación se apoya en lo más íntimo de sus organismos: sus moléculas. Se trataría de la «primera evidencia molecular de las relaciones evolutivas de un dinosaurio no volador», asegura Chris Organ, biólogo de la universidad de Harvard y uno de los autores del artículo.
La noticia presenta varios aspectos de interés: en primer lugar, revela que los tejidos blandos (y con ellos vasos sanguíneos, células y proteínas) pueden conservarse durante mucho más tiempo de lo que se pensaba, lo cual abre un enorme campo de estudios con potencial valor terapéutico; y segundo, marca un nuevo hito en el marco de lo que se perfila como uno de los mayores retos científicos del siglo XXI: la elaboración de los árboles genealógicos de todas las especies mediante el análisis molecular.
En el siglo XIX, Charles Darwin produjo una obra magna de la ciencia moderna, ‘El origen de las especies’. Prácticamente todas sus hipótesis se basaban en comparaciones taxonómicas y estructurales, y en observaciones de las relaciones entre los animales y su entorno. Ahora la paleontología molecular ha hecho posible reescribir la historia de la evolución de las especies de la forma más precisa e incontrovertible: a través del seguimiento de los microscópicos enlaces químicos a lo largo de los millones de años. Por lo pronto ya nos ha dado la solución al viejo dilema del huevo y la gallina. Preparémonos, pues, para conocer más sorprendentes historias de familia.
http://www.soitu.es/soitu/2008/04/24/medioambiente/1209038004_636980.html
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