El corazón me late rápido y fuerte: podría bombear la sangre necesaria para mantener con vida a tres elefantes. Por primera vez en mi vida siento la necesidad de matar a alguien. No me importa ni su nombre, ni su ideología, ni su credo, ni su nacionalidad. Si es una buena persona o un miserable. Si es hombre o mujer. Ni siquiera quiero verle la cara. Sólo sé que me gustaría agarrarle el cuello, clavarle los pulgares en la traquea, apretar con fuerza, sentir cómo mis dedos atraviesan las plumas, alcanzan su columna vertebral… y disfrutar viendo cómo sus esfuerzos por introducir aire en los pulmones son inútiles. Quiero notar los espasmos de su cuerpo en mis brazos, ver cómo se desmorona en una convulsión definitiva, y darle una patada en la ingle para comprobar que ya nunca volverá a ser una amenaza para nadie.

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Quiero matar al Pato Donald. En realidad, a su representante en la Tierra: el hombre que da vida al disfraz de Donald. En él, un pelele de trapo, resumo toda la maldad de un sistema, de una educación, de una cultura, de una forma de entretenimiento. Escribo estas líneas desde el Café Mickey, un restaurante mugriento situado en Eurodisney, mientras me tomo una cerveza caliente y diminuta por la que he pagado lo que me costaría una pinta de Guinness en el pub más exclusivo de Madrid. Después de deambular durante horas y horas por los vericuetos de atracciones vetustas y tiendas sacaperras que dan forma a este Guantánamo francés para padres de familia, he llegado a la conclusión de que odio Disney. Y a todo lo que salga o haya salido de su retorcida imaginación.
Incluido Disney Channel. Por motivos de paternidad he visto Disney Channel, directamente o de refilón, durante las horas suficientes como para licuar el cerebro de Einstein. Pero no me ha servido de nada: no estoy inmunizado contra el monstruo. Después de visitar el refugio europeo de la bestia, recuerdo, con la piel aún de gallina y espeluznante literalidad, las palabras que escribieron Ariel Dorfman y Armand Mattelart en forma de ensayo en 1971: “Mientras su cara risueña deambule inocentemente por las calles de nuestro país, mientras Donald sea poder y representación colectiva, el imperialismo y la burguesía podrán dormir tranquilos”.
Disneyland París es la Sodoma y Gomorra del capitalismo infantil. La prolongación física de Disney Channel, un campo de entrenamiento perfecto para futuros compradores compulsivos, para sesos inactivos, cuerpos obesos y neuronas en hibernación. Disney Channel en España es un canal temático de pago donde hipnotizan a los indefensos pequeños con películas y series tan espeluznantes como ‘High School Musical’ o ‘Hannah Montana’. Ficción yanki de la peor calaña, que inyecta en los cerebros en formación de niños conceptos tan repugnantes como el consumo, la moda o la ambición.
Líder de audiencia en los canales infantiles españoles (niños entre cuatro y doce años), Disney Channel necesita, como el resto de las programaciones infantiles, una revisión. Urgente. Recuerden que muchos padres utilizan la televisión con los niños como el valium consigo mismos. Un somnífero de alta graduación que permite a los adultos disfrutar de unas horas de paz: un niño frente a Disney Channel es un niño hipnotizado, narcotizado, desconectado. Un niño en silencio. Inmovilizado. Un ángel. Un trapo.
Les tengo que dejar. Donald está firmando autógrafos cerca de la tienda de Winnie the Pooh, un momento tan bueno como cualquier otro para convertir sus vísceras en foie. Recuerden que, según escribe Ángel Órbita en la página once de la excelente revista de literatura Quimera, “todo acto de violencia extrema contra el sistema capitalista es una obra de arte”.
El resto del texto no tiene desperdicio: “Sintonizo con los gusanos que devoran el cadáver descuartizado de Ruiz Gallardón. He penetrado en un mundo de seres invertebrados. No es un paisaje mental, es un diálogo de sonidos y ruidos, de mareas de jugos digestivos, substancias húmedas y linfomas. Estoy en el Palentino. Tomándome un café con leche en vaso y un sándwich mixto. Está puesto el televisor. Lo miro fijamente unos minutos. Adelanto tres años el momento de la muerte de todos los accionistas mayoritarios de Antena 3. Muertes, lentas y dolorosas, de origen desconocido que dejan heridas que no cicatrizarán fácilmente. El veneno mental de las identidades nacionales se ha esparcido por el ambiente. La justicia poética será la quema de todas las banderas. Imagino, ahora, que le explota la cabeza al imbécil del príncipe… Le salen los ojos de las órbitas, el cerebro le estalla. Imágenes televisivas para una revolución que no será televisada…”.
http://www.soitu.es/soitu/2008/05/19/tveldescodificador/1211176283_228733.html
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2 comentarios
29 Mayo 2008 a las 12:27
Pues vaya crónica que has escrito, pedazo de artista¡¡¡¡
Se puede saber a que narices has ido entonces al parque? Pues ya te podias imaginar qué ibas a encontrar ¿no? Y tu “mayoria de edad” ya te da suficiente capacidad de razonar para saber qué, cómo y cuanto programas y canales de Tv deben ver tus hijos.
…..es que si no te gustan las cabras,¿para qué vas al monte?
Un abrazo, compañero
29 Mayo 2008 a las 12:31
ah….me olvidaba
ten por seguro que “Disney channel” ( y que conste que no soy accionista) no les va a inculcar ese “instinto” agresivo que los dibujos que tu debías ver de más jovencito han depositado en tu cabeza.
(mira que hacer foie de Winnie…………..;-) )