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Sólo un golpe más… 2. Plácida desorientación

El boxeador regresó a su casa, a lo que a partir de ahora sería “su hogar”. Y durante un tiempo echó de menos el ruido de los golpes contra el saco, el olor del linimento, el humo de los cigarros, el dolor de los golpes…. todo aquello que le hacía sentirse vivo.

Cuidaba su colección de caracolas, quitándole el polvo acumulado durante muchos años. Se sabía el nombre de cada una, su procedencia… incluso recordaba el día que había cogido alguna de ellas, aportada por el mar a su orilla. Y mimaba su jardín, ese pequeño trozo de tierra donde nacían, crecían y morían los únicos seres vivos que le acompañaban en su devenir diario.

Nunca le había pedido más a la vida que tener una existencia tranquila. Era consciente de sus limitaciones, de su escaso intelecto y de su fealdad física. Sabía que su mundo, en el que había vivido y que no podía olvidar, era presumiblemente corrupto. Él nunca se dejó corromper –más allá de lo que alguna vez le exigió el hambre- y lo peor que había llegado a oler era su propio sudor. Pero sus ahorros se acababan y, cada vez más, notaba que algo le faltaba. Se puso en venta, pero poco tenía que ofrecer: viejo, ajado, ignorante de casi todo. Pero con honor. Ese honor que siempre había tenido, el honor que no le había hecho ganar dinero, el honor que le había hecho perder el dinero que no tenía, el honor que llevó sus huesos a la lona por primera y única vez… el honor que le hizo salir huyendo de su mundo para no ser una burla de lo que había sido. Tenía honor en un mundo sin honor.

Nadie quiso comprarle. Porque no tenía nada que enseñar, porque sólo era el fantasma de un recuerdo extinto, porque los jóvenes denegaban su ayuda y su experiencia. Ellos ya se cuidarían de salir adelante como fuese, por encima de quien fuese, con cualquier tipo de arte, de buena o de mala arte. Y él era tan solo un viejo… un viejo amable y socarrón, sí, pero sólo un viejo. Ya ni siquiera valía su experiencia.

Pensó en mendigar para salir adelante. Podría pedir por las calles (su aspecto le podría acompañar en el empeño), pero su honor no se lo permitiría. Y ni siquiera se le pasó por la cabeza incurrir en cualquier tipo de delito. Cuando el hambre le acosó frecuentó los comedores públicos. Pero él era diferente. No pudo ni siquiera establecer una conversación, mientras detectaba una mirada de odio en los ojos de sus compañeros.

No sabía por qué, pero era diferente. No recordaba haber hecho nada malo, ni mal a nadie, pero se sentía culpable. Ya no podía mirarse en el espejo, porque a él también le repugnaba su aspecto. Y comenzó a odiar lo que era, en lo que se había convertido, lo que querría ser y lo que nunca sería.

Soñaba con desaparecer, con esfumarse súbitamente, sin tiempo y sin transición. Pero el mundo no se lo permitiría. Sabía que el cielo no le concedería la gracia de morir… y sabía que nadie le haría ese favor, porque se había convertido en un ser transparente. Ya no importaba nada y ya no le importaba a nadie.

Sólo podía esperar. Esperar a la tormenta que avivaba sus sentidos, a la oscuridad, a la contemplación de los otros para no sentir su nada. Y así, sin anhelos y sin futuro, dejaría de importarle al mundo. Porque ya no le importaba a nadie. Ni siquiera a él mismo.

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