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Sólo un golpe más… 3. La izquierda el doble que la derecha

Pensaba que ya lo había tirado todo por la borda y que ya no le quedaba nada por tirar. No es que intentara ser respetuoso consigo mismo -no lo era y nunca lo había sido- pero era un ser humano y, por tanto, débil. Nada santo, nada fuerte (excepto para encajar los golpes durante los combates), con un cuerpo no cuidado más que lo necesario y cada vez más decrépito. Siempre había achacado sus dolores de cabeza a los golpes recibidos en los combates, lo mismo que sus trabas lingüísticas, sus tropiezos andariegos y sus equivocaciones laterales. Pero un día no pudo soportarlo más.

La vida le había enseñado que casi podría aguantarlo todo, desde una pérdida continua de nivel profesional hasta una carencia total de imaginación, excepto para administrar y recibir golpes. Pero ya no podía soportar el dolor, porque éste iba en aumento sin una correspondencia en el ring y sin una posible disminución gracias a los analgésicos. Ya había tomado todos los conocidos y ya ninguno le hacía nada. Y gracias a su posición de indigente podría probar la sanidad para la beneficencia, utilizada por sus conocidos, encomiada por la mayoría.

Y así lo hizo. Utilizó sus recursos callejeros y acudió a la consulta de un joven médico. Su aspecto y sus maneras de recién estrenado neurólogo prometían lo mejor, aunque él realmente estaba dispuesto a largar a su paciente de la manera más rápida, con una receta de lo que sabía o que ya había utilizado: la aspirina, o el paracetamol, el ibuprofeno o el naproxeno, el ketrolaco, la cafeína o los antidepresivos tricíclicos, el propanolol o la prednisona, la mitisergina… Pero esta vez el boxeador no iba buscando una receta, sino un dictamen y una solución a sus problemas, fueran benignos o malignos. Le daba igual la vida o la muerte, pero necesitaba el sueño, la paz o una pequeña posibilidad de futuro.

Esta vez la receta era de un conocido antiepilétptico, el ácido valproico, con un nombre especialmente sonoro y una presentación muy apetitosa en grandes y redondeados comprimidos de color blanco. Sí, podría tomarlos, incluso en cantidades ingentes, pero tenía que decirle al médico que se sentía mal, que su pupila izquierda era permanentemente el doble de grande que la derecha -muchas veces había mirado sus propios ojos tras los golpes de los combates-, que ya casi no sentía una mano y que solo le quedaba confiar en la ciencia. Y el médico le oyó. No lo esperaba, pero le prestó atención. Le miró el fondo de los dos ojos (a pesar de los impactos en su cabeza nunca se le desprendió una retina) y le hizo quedarse firme y quieto con los ojos cerrados y los brazos en cruz. Finalmente, mientras garabateaba rápidamente un informe y una petición a los radiólogos, le espetó que tenía pinta de “tener algo” en la cabeza, que solo se podría saber tras una resonancia magnética, que hacérsela era urgente y que se la llevara en cuanto la tuviera. Y de pastillas… nada. Sólo los analgésicos de siempre hasta tener la resonancia.

El día de la resonancia llegó. Nunca había oído hablar de ella, por eso pensaba que era como las antiguas radiografías… pero de eso nada. Como si fuera habitual para él le metieron en un túnel cerrado, con un armazón alrededor de la cabeza. Y comenzó un ruido repetitivo y ensordecedor. Cinco, diez, quince, veinte… veinte minutos que aguantó como las tandas de golpes de sus últimos combates. Y algo salió mal, porque tras arponearle un brazo y conectarle a un suero el tormento volvió a comenzar… cinco, diez, quince, veinte… y pudo incorporarse y abrir los ojos, aunque sin confianza y sin tranquilidad. Presentía que iba a tardar en recuperarlas. MINI copyleft logo 2008, NBR

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Categorías:A veces escribo...
  1. 24 junio 2013 en 19:53

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