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Sólo un golpe más… 4. Tú debes confiar en mí

No había podido aguantar la incertidumbre. No comía, no dormía… veía estrecharse su visión del mundo como en un estrecho túnel, como dicen que les ocurre a los que conducen bebidos. Y a esto se sumaba su permanente dolor de cabeza, la condena que le hacía sentirse vivo y, a la vez, maldito. Cuando faltaban cinco minutos para su cita con el médico pensaba que ésta se iba a anular, siguiendo con el camino de fatalidades en el que parecía que acababa de entrar su vida.

Mientras aguardaba su turno en la sala de espera necesitaba ejercitar sus músculos, lo mismo que ejercitaba su cuerpo en el vestuario justo antes de un combate. Pero tuvo que conformarse y reducir sus movimientos a un leve temblor y a pequeñas contracciones musculares, ya que no estaba solo, sino bien acompañado por los otros pacientes que abarrotaban la estancia.

Coincidiendo con un suspiro, con la expulsión del aire cargado de humanidad que había irrumpido en sus pulmones, la enfermera pronunció su nombre en alto, mientras leía un formulario sujeto con un clip a una tabla de plástico duro. Se levantó y, sin mirar atrás, siguió a la impersonal bata blanca por el pasillo, hasta entrar en el despacho de su médico.

El joven neurocirujano (el cada vez más joven neurocirujano), mostraba una sonrisa condescendiente. Se levantó de su silla y le tendió la mano abierta. Y él sabía de antemano que estrechando esa mano sellaba un pacto de honor y deber con el doctor: tengas lo que tengas yo te operaré, tengas lo que tengas tú no sentirás dolor, pero necesito de tu colaboración. Tengas lo que tengas debes confiar en mí.

Como si de un decorado se tratara el cirujano había colgado, del negatoscopio que tenía a su espalda, una serie de radiografías con las secciones de una cabeza y un cerebro a distintos niveles. En una de ellas pudo reconocer una vena o arteria oscurecida que terminaba en una masa, también opaca. No sabía por qué, pero estaba seguro de que esa era su lesión, no sabía si era buena o mala, si era operable o no, pero aquel era el reflejo de su mal. Además de ésta, otras manchitas oscuras no le daban buena espina. Solo le quedaba escuchar al médico y prestar atención a lo que le decía, porque le veía mover los labios pero no entendía absolutamente nada.

Disculpándose (y poniendo una cara de tonto mayor que la habitual) pidió al médico que le repitiera su explicación. Con cara de voluntariosa paciencia el doctor le señaló aquella masa oscura de la resonancia. Efectivamente, era su lesión. Era un tumor, pero externo al cerebro. Solían ser benignos. Casi siempre, casi-siempre-son-benignos. El dolor de cabeza podía explicarse por la presión que el tumor –ya bastante crecido- ejercía entre la pared craneal y el cerebro. Y le preguntó por las otras manchitas… allí estaba la cicatriz de un pequeño derrame cerebral, probablemente viejo y consecuencia de algún golpe, y lo que aparentemente podían ser “lesiones desmielinizantes”. Él no sabía nada de eso. Nunca se las habían diagnosticado… el cirujano le contestó que eran motivo de un estudio posterior y por un neurólogo “diferente”…

Pero lo importante era la operación. Debían hacerla rápido, para evitar males mayores. En menos de una semana pasaría por el quirófano. No sabía qué era lo que le esperaba, si iba a sufrir, a quedar peor o menos válido, pero debía ser fiel a un pacto… “tengas lo que tengas tú debes confiar en mí”. Y así lo hizo. La confianza le tranquilizó y fue, junto con una muda de ropa y unos cuantos artículos de aseo, el único equipaje que se llevó al hospital.

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Categorías:A veces escribo...
  1. 5 abril 2013 en 2:34

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