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Sólo un golpe más… 4. Tú debes confiar en mí

6 septiembre 2009 1 comentario

No había podido aguantar la incertidumbre. No comía, no dormía… veía estrecharse su visión del mundo como en un estrecho túnel, como dicen que les ocurre a los que conducen bebidos. Y a esto se sumaba su permanente dolor de cabeza, la condena que le hacía sentirse vivo y, a la vez, maldito. Cuando faltaban cinco minutos para su cita con el médico pensaba que ésta se iba a anular, siguiendo con el camino de fatalidades en el que parecía que acababa de entrar su vida.

Mientras aguardaba su turno en la sala de espera necesitaba ejercitar sus músculos, lo mismo que ejercitaba su cuerpo en el vestuario justo antes de un combate. Pero tuvo que conformarse y reducir sus movimientos a un leve temblor y a pequeñas contracciones musculares, ya que no estaba solo, sino bien acompañado por los otros pacientes que abarrotaban la estancia.

Coincidiendo con un suspiro, con la expulsión del aire cargado de humanidad que había irrumpido en sus pulmones, la enfermera pronunció su nombre en alto, mientras leía un formulario sujeto con un clip a una tabla de plástico duro. Se levantó y, sin mirar atrás, siguió a la impersonal bata blanca por el pasillo, hasta entrar en el despacho de su médico.

El joven neurocirujano (el cada vez más joven neurocirujano), mostraba una sonrisa condescendiente. Se levantó de su silla y le tendió la mano abierta. Y él sabía de antemano que estrechando esa mano sellaba un pacto de honor y deber con el doctor: tengas lo que tengas yo te operaré, tengas lo que tengas tú no sentirás dolor, pero necesito de tu colaboración. Tengas lo que tengas debes confiar en mí.

Como si de un decorado se tratara el cirujano había colgado, del negatoscopio que tenía a su espalda, una serie de radiografías con las secciones de una cabeza y un cerebro a distintos niveles. En una de ellas pudo reconocer una vena o arteria oscurecida que terminaba en una masa, también opaca. No sabía por qué, pero estaba seguro de que esa era su lesión, no sabía si era buena o mala, si era operable o no, pero aquel era el reflejo de su mal. Además de ésta, otras manchitas oscuras no le daban buena espina. Solo le quedaba escuchar al médico y prestar atención a lo que le decía, porque le veía mover los labios pero no entendía absolutamente nada.

Disculpándose (y poniendo una cara de tonto mayor que la habitual) pidió al médico que le repitiera su explicación. Con cara de voluntariosa paciencia el doctor le señaló aquella masa oscura de la resonancia. Efectivamente, era su lesión. Era un tumor, pero externo al cerebro. Solían ser benignos. Casi siempre, casi-siempre-son-benignos. El dolor de cabeza podía explicarse por la presión que el tumor –ya bastante crecido- ejercía entre la pared craneal y el cerebro. Y le preguntó por las otras manchitas… allí estaba la cicatriz de un pequeño derrame cerebral, probablemente viejo y consecuencia de algún golpe, y lo que aparentemente podían ser “lesiones desmielinizantes”. Él no sabía nada de eso. Nunca se las habían diagnosticado… el cirujano le contestó que eran motivo de un estudio posterior y por un neurólogo “diferente”…

Pero lo importante era la operación. Debían hacerla rápido, para evitar males mayores. En menos de una semana pasaría por el quirófano. No sabía qué era lo que le esperaba, si iba a sufrir, a quedar peor o menos válido, pero debía ser fiel a un pacto… “tengas lo que tengas tú debes confiar en mí”. Y así lo hizo. La confianza le tranquilizó y fue, junto con una muda de ropa y unos cuantos artículos de aseo, el único equipaje que se llevó al hospital.

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Sólo un golpe más… 3. La izquierda el doble que la derecha

6 septiembre 2009 1 comentario

Pensaba que ya lo había tirado todo por la borda y que ya no le quedaba nada por tirar. No es que intentara ser respetuoso consigo mismo -no lo era y nunca lo había sido- pero era un ser humano y, por tanto, débil. Nada santo, nada fuerte (excepto para encajar los golpes durante los combates), con un cuerpo no cuidado más que lo necesario y cada vez más decrépito. Siempre había achacado sus dolores de cabeza a los golpes recibidos en los combates, lo mismo que sus trabas lingüísticas, sus tropiezos andariegos y sus equivocaciones laterales. Pero un día no pudo soportarlo más.

La vida le había enseñado que casi podría aguantarlo todo, desde una pérdida continua de nivel profesional hasta una carencia total de imaginación, excepto para administrar y recibir golpes. Pero ya no podía soportar el dolor, porque éste iba en aumento sin una correspondencia en el ring y sin una posible disminución gracias a los analgésicos. Ya había tomado todos los conocidos y ya ninguno le hacía nada. Y gracias a su posición de indigente podría probar la sanidad para la beneficencia, utilizada por sus conocidos, encomiada por la mayoría.

Y así lo hizo. Utilizó sus recursos callejeros y acudió a la consulta de un joven médico. Su aspecto y sus maneras de recién estrenado neurólogo prometían lo mejor, aunque él realmente estaba dispuesto a largar a su paciente de la manera más rápida, con una receta de lo que sabía o que ya había utilizado: la aspirina, o el paracetamol, el ibuprofeno o el naproxeno, el ketrolaco, la cafeína o los antidepresivos tricíclicos, el propanolol o la prednisona, la mitisergina… Pero esta vez el boxeador no iba buscando una receta, sino un dictamen y una solución a sus problemas, fueran benignos o malignos. Le daba igual la vida o la muerte, pero necesitaba el sueño, la paz o una pequeña posibilidad de futuro.

Esta vez la receta era de un conocido antiepilétptico, el ácido valproico, con un nombre especialmente sonoro y una presentación muy apetitosa en grandes y redondeados comprimidos de color blanco. Sí, podría tomarlos, incluso en cantidades ingentes, pero tenía que decirle al médico que se sentía mal, que su pupila izquierda era permanentemente el doble de grande que la derecha -muchas veces había mirado sus propios ojos tras los golpes de los combates-, que ya casi no sentía una mano y que solo le quedaba confiar en la ciencia. Y el médico le oyó. No lo esperaba, pero le prestó atención. Le miró el fondo de los dos ojos (a pesar de los impactos en su cabeza nunca se le desprendió una retina) y le hizo quedarse firme y quieto con los ojos cerrados y los brazos en cruz. Finalmente, mientras garabateaba rápidamente un informe y una petición a los radiólogos, le espetó que tenía pinta de “tener algo” en la cabeza, que solo se podría saber tras una resonancia magnética, que hacérsela era urgente y que se la llevara en cuanto la tuviera. Y de pastillas… nada. Sólo los analgésicos de siempre hasta tener la resonancia.

El día de la resonancia llegó. Nunca había oído hablar de ella, por eso pensaba que era como las antiguas radiografías… pero de eso nada. Como si fuera habitual para él le metieron en un túnel cerrado, con un armazón alrededor de la cabeza. Y comenzó un ruido repetitivo y ensordecedor. Cinco, diez, quince, veinte… veinte minutos que aguantó como las tandas de golpes de sus últimos combates. Y algo salió mal, porque tras arponearle un brazo y conectarle a un suero el tormento volvió a comenzar… cinco, diez, quince, veinte… y pudo incorporarse y abrir los ojos, aunque sin confianza y sin tranquilidad. Presentía que iba a tardar en recuperarlas. MINI copyleft logo 2008, NBR

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Sólo un golpe más… 2. Plácida desorientación

6 septiembre 2009 Deja un comentario

El boxeador regresó a su casa, a lo que a partir de ahora sería “su hogar”. Y durante un tiempo echó de menos el ruido de los golpes contra el saco, el olor del linimento, el humo de los cigarros, el dolor de los golpes…. todo aquello que le hacía sentirse vivo.

Cuidaba su colección de caracolas, quitándole el polvo acumulado durante muchos años. Se sabía el nombre de cada una, su procedencia… incluso recordaba el día que había cogido alguna de ellas, aportada por el mar a su orilla. Y mimaba su jardín, ese pequeño trozo de tierra donde nacían, crecían y morían los únicos seres vivos que le acompañaban en su devenir diario.

Nunca le había pedido más a la vida que tener una existencia tranquila. Era consciente de sus limitaciones, de su escaso intelecto y de su fealdad física. Sabía que su mundo, en el que había vivido y que no podía olvidar, era presumiblemente corrupto. Él nunca se dejó corromper –más allá de lo que alguna vez le exigió el hambre- y lo peor que había llegado a oler era su propio sudor. Pero sus ahorros se acababan y, cada vez más, notaba que algo le faltaba. Se puso en venta, pero poco tenía que ofrecer: viejo, ajado, ignorante de casi todo. Pero con honor. Ese honor que siempre había tenido, el honor que no le había hecho ganar dinero, el honor que le había hecho perder el dinero que no tenía, el honor que llevó sus huesos a la lona por primera y única vez… el honor que le hizo salir huyendo de su mundo para no ser una burla de lo que había sido. Tenía honor en un mundo sin honor.

Nadie quiso comprarle. Porque no tenía nada que enseñar, porque sólo era el fantasma de un recuerdo extinto, porque los jóvenes denegaban su ayuda y su experiencia. Ellos ya se cuidarían de salir adelante como fuese, por encima de quien fuese, con cualquier tipo de arte, de buena o de mala arte. Y él era tan solo un viejo… un viejo amable y socarrón, sí, pero sólo un viejo. Ya ni siquiera valía su experiencia.

Pensó en mendigar para salir adelante. Podría pedir por las calles (su aspecto le podría acompañar en el empeño), pero su honor no se lo permitiría. Y ni siquiera se le pasó por la cabeza incurrir en cualquier tipo de delito. Cuando el hambre le acosó frecuentó los comedores públicos. Pero él era diferente. No pudo ni siquiera establecer una conversación, mientras detectaba una mirada de odio en los ojos de sus compañeros.

No sabía por qué, pero era diferente. No recordaba haber hecho nada malo, ni mal a nadie, pero se sentía culpable. Ya no podía mirarse en el espejo, porque a él también le repugnaba su aspecto. Y comenzó a odiar lo que era, en lo que se había convertido, lo que querría ser y lo que nunca sería.

Soñaba con desaparecer, con esfumarse súbitamente, sin tiempo y sin transición. Pero el mundo no se lo permitiría. Sabía que el cielo no le concedería la gracia de morir… y sabía que nadie le haría ese favor, porque se había convertido en un ser transparente. Ya no importaba nada y ya no le importaba a nadie.

Sólo podía esperar. Esperar a la tormenta que avivaba sus sentidos, a la oscuridad, a la contemplación de los otros para no sentir su nada. Y así, sin anhelos y sin futuro, dejaría de importarle al mundo. Porque ya no le importaba a nadie. Ni siquiera a él mismo.

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Sólo un golpe más… 1. El fin de una época

6 septiembre 2009 2 comentarios

Aquella era su posición preferida. La única en la que se sentía realmente cómodo. Sentado, con la cabeza baja y sus dos manos cubriendo sus orejas, descansaba de verdad. Y, además, se aislaba del mundo para meterse en su mundo. Fuera quedaban los sonidos de los golpes a los sacos, las arengas y reproches de los entrenadores, los chirridos de las botas al bailar sobre la lona… Cerrando los ojos se aislaba también de todo lo que podía aparecer ante su vista: aquella pintura sucia, vieja y desconchada, o el resplandor de las luces de neón. Del resto hacía tiempo que no tomaba conciencia, por su decrepitud y su decadencia, por lo que él consideraba ignominioso para los demás y no para sí mismo. Pero no podía aislarse de lo que su nariz podía captar. No había conseguido enmascarar aquellos olores: la suciedad, el linimento, el sudor… ni siquiera oliéndose a sí mismo… porque él olía así.

Durante esos minutos de aislamiento desatendía los requerimientos de su entorno y se concentraba en pensar. Porque pensar, para él, ya suponía un esfuerzo. Afrontaba, así, las decisiones que debía tomar, desde las más pequeñas y cotidianas hasta las que podían resultar trascendentales para su vida. Porque tenía decisiones que tomar y siempre retrasaba el momento de tomarlas. Hacía tiempo que debía haberlo dejado. Mucho tiempo. Pero se sentía incapaz de renunciar a lo que había sido su modo de vida, su ambiente, la fuente de la poca educación que tenía, el lugar donde estaban los escasos amigos que le quedaban. No era capaz de renunciar a la historia de su vida, escrita en las cicatrices de su cuerpo.

Pelear le hacía sentirse vivo. El movimiento de sus piernas marcaba el ritmo de su cotidianidad. Ensanchar los pulmones y vigilar su respiración refrescaba sus embotados sentidos. Para él, cubrirse no era solo defenderse, era abrazar al ser que había sido y sus ilusiones. Y esos eran los únicos abrazos que recibía. También los golpes le hacían sentirse vivo. Las heridas en su cara le volvían a hacer probar el sabor de su sangre. Le encajaban la mandíbula, habitualmente desencajada en una mueca de desdén. Ganchos y derechazos le recordaban, secuencialmente y con el dolor, dónde estaba su cuerpo: su hígado, el plexo solar, el espacio vacío donde antes estaba el bazo…  Y cada vez deseaba más que no sonara nunca esa campana o que llegara el golpe definitivo que acababa con sus huesos en la lona. Ambos eran como los despertadores que sonaban para devolverle a esa vida que no quería vivir.

Hacía tiempo que debía haberlo dejado. Mucho tiempo. Desde que comenzó a notar que sus fuerzas ya no eran las mismas. Que no lograba coordinar sus movimientos más allá de las puras acciones evasivas. Que el público le abucheaba en sus huidas hacia las cuerdas o cuando apuraba el último segundo de cada asalto. Desde que comenzaron a utilizarlo como sparring de los nuevos talentos o como comparsa en los combates previos de las grandes veladas.

Sin saber cómo ni por qué, se vio de nuevo sentado sobre aquella camilla, ajustándose los vendajes de sus manos, engrasando su cuerpo con vaselina, calzándose los guantes con dificultad. Y sin saber cómo se vio en medio de un pasillo humano, de un túnel de ruido ensordecedor y asfixiante humo de puros habanos. Sonó la campana y, por vez primera, sintió pánico. No conocía a su adversario –hacía tiempo que eso no le importaba- pero, de un vistazo, le pareció inexpugnable. Le superaba en altura, en fortaleza física… y era joven. Hace tiempo, la juventud de su contrincante no le habría atemorizado ya que –era lo normal- suponía una ingenua bisoñez y una carencia total de técnica. Pero esta vez supo que su técnica y sus habilidades largamente trabajadas no le servirían para nada. Su rival comenzó a tantearle con precaución, probando su juego de piernas, adivinando sus zonas más descubiertas. Y, casi desde los primeros segundos, comenzó a hacerle daño. Golpeaba y se retiraba, amagaba y volvía a golpear, hasta que sus golpes se convirtieron en una lluvia incesante de impactos y de dolor.  Miró a su esquina y lo que vio en una fracción de segundo se quedó congelado en su memoria. No había nerviosismo, ni temor, ni rostros crispados. Intentó oír y solo captó un profundo y denso silencio. Sin instrucciones, sin ánimos, ni arengas. Trató de pedir ayuda con su mirada. Intentó acelerar el reloj con el ritmo de su corazón… pero no sucedió nada. Nada.

Oscuridad. Dolor. Un intenso zumbido en sus oídos. Frío. Nadie con él. Estaba solo. Supo lo que había pasado: el golpe definitivo que siempre había esperado. Su primer KO… y el último… La decisión estaba tomada. El puño de su joven rival la había tomado por él. Porque él ya no tenía lugar en ese mundo. Ni siquiera su modo de vida, su ambiente, su miserable educación, sus escasos amigos y su historia le pertenecían.  Consiguió abrir los ojos. A duras penas se levantó de la camilla. Se vistió sin ducharse y no guardó sus pertenencias en la bolsa. Calzón, guantes, batín, toalla… ¿Para qué los necesitaba ya? Caminó lentamente hacia su casa. Sin mirar atrás. Con el único ritmo de sus lastimeros pasos. Su gesto volvió a desencajarse formando una mueca de desdén. Y volvió a olvidarse del mapa de su cuerpo. A partir de ahora se dedicaría a cuidar de su jardín… y a contemplar su colección de caracolas. MINI copyleft logo 2007, NBR

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