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Sólo un golpe más… 1. El fin de una época

6 septiembre 2009 1 comentario

Aquella era su posición preferida. La única en la que se sentía realmente cómodo. Sentado, con la cabeza baja y sus dos manos cubriendo sus orejas, descansaba de verdad. Y, además, se aislaba del mundo para meterse en su mundo. Fuera quedaban los sonidos de los golpes a los sacos, las arengas y reproches de los entrenadores, los chirridos de las botas al bailar sobre la lona… Cerrando los ojos se aislaba también de todo lo que podía aparecer ante su vista: aquella pintura sucia, vieja y desconchada, o el resplandor de las luces de neón. Del resto hacía tiempo que no tomaba conciencia, por su decrepitud y su decadencia, por lo que él consideraba ignominioso para los demás y no para sí mismo. Pero no podía aislarse de lo que su nariz podía captar. No había conseguido enmascarar aquellos olores: la suciedad, el linimento, el sudor… ni siquiera oliéndose a sí mismo… porque él olía así.

Durante esos minutos de aislamiento desatendía los requerimientos de su entorno y se concentraba en pensar. Porque pensar, para él, ya suponía un esfuerzo. Afrontaba, así, las decisiones que debía tomar, desde las más pequeñas y cotidianas hasta las que podían resultar trascendentales para su vida. Porque tenía decisiones que tomar y siempre retrasaba el momento de tomarlas. Hacía tiempo que debía haberlo dejado. Mucho tiempo. Pero se sentía incapaz de renunciar a lo que había sido su modo de vida, su ambiente, la fuente de la poca educación que tenía, el lugar donde estaban los escasos amigos que le quedaban. No era capaz de renunciar a la historia de su vida, escrita en las cicatrices de su cuerpo.

Pelear le hacía sentirse vivo. El movimiento de sus piernas marcaba el ritmo de su cotidianidad. Ensanchar los pulmones y vigilar su respiración refrescaba sus embotados sentidos. Para él, cubrirse no era solo defenderse, era abrazar al ser que había sido y sus ilusiones. Y esos eran los únicos abrazos que recibía. También los golpes le hacían sentirse vivo. Las heridas en su cara le volvían a hacer probar el sabor de su sangre. Le encajaban la mandíbula, habitualmente desencajada en una mueca de desdén. Ganchos y derechazos le recordaban, secuencialmente y con el dolor, dónde estaba su cuerpo: su hígado, el plexo solar, el espacio vacío donde antes estaba el bazo…  Y cada vez deseaba más que no sonara nunca esa campana o que llegara el golpe definitivo que acababa con sus huesos en la lona. Ambos eran como los despertadores que sonaban para devolverle a esa vida que no quería vivir.

Hacía tiempo que debía haberlo dejado. Mucho tiempo. Desde que comenzó a notar que sus fuerzas ya no eran las mismas. Que no lograba coordinar sus movimientos más allá de las puras acciones evasivas. Que el público le abucheaba en sus huidas hacia las cuerdas o cuando apuraba el último segundo de cada asalto. Desde que comenzaron a utilizarlo como sparring de los nuevos talentos o como comparsa en los combates previos de las grandes veladas.

Sin saber cómo ni por qué, se vio de nuevo sentado sobre aquella camilla, ajustándose los vendajes de sus manos, engrasando su cuerpo con vaselina, calzándose los guantes con dificultad. Y sin saber cómo se vio en medio de un pasillo humano, de un túnel de ruido ensordecedor y asfixiante humo de puros habanos. Sonó la campana y, por vez primera, sintió pánico. No conocía a su adversario –hacía tiempo que eso no le importaba- pero, de un vistazo, le pareció inexpugnable. Le superaba en altura, en fortaleza física… y era joven. Hace tiempo, la juventud de su contrincante no le habría atemorizado ya que –era lo normal- suponía una ingenua bisoñez y una carencia total de técnica. Pero esta vez supo que su técnica y sus habilidades largamente trabajadas no le servirían para nada. Su rival comenzó a tantearle con precaución, probando su juego de piernas, adivinando sus zonas más descubiertas. Y, casi desde los primeros segundos, comenzó a hacerle daño. Golpeaba y se retiraba, amagaba y volvía a golpear, hasta que sus golpes se convirtieron en una lluvia incesante de impactos y de dolor.  Miró a su esquina y lo que vio en una fracción de segundo se quedó congelado en su memoria. No había nerviosismo, ni temor, ni rostros crispados. Intentó oír y solo captó un profundo y denso silencio. Sin instrucciones, sin ánimos, ni arengas. Trató de pedir ayuda con su mirada. Intentó acelerar el reloj con el ritmo de su corazón… pero no sucedió nada. Nada.

Oscuridad. Dolor. Un intenso zumbido en sus oídos. Frío. Nadie con él. Estaba solo. Supo lo que había pasado: el golpe definitivo que siempre había esperado. Su primer KO… y el último… La decisión estaba tomada. El puño de su joven rival la había tomado por él. Porque él ya no tenía lugar en ese mundo. Ni siquiera su modo de vida, su ambiente, su miserable educación, sus escasos amigos y su historia le pertenecían.  Consiguió abrir los ojos. A duras penas se levantó de la camilla. Se vistió sin ducharse y no guardó sus pertenencias en la bolsa. Calzón, guantes, batín, toalla… ¿Para qué los necesitaba ya? Caminó lentamente hacia su casa. Sin mirar atrás. Con el único ritmo de sus lastimeros pasos. Su gesto volvió a desencajarse formando una mueca de desdén. Y volvió a olvidarse del mapa de su cuerpo. A partir de ahora se dedicaría a cuidar de su jardín… y a contemplar su colección de caracolas. MINI copyleft logo 2007, NBR

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