Qué son los blogs y cómo dejar de confundirlos con otra cosa

18 septiembre 2009 1 comentario

por jlori el 15 Sep 2009, a las 09:47 en blogosfera, weblogs

Lectura para la sesión sobre blogs: mi artículo en la recopilación BlogGuest II publicada el 25/1/09:

Qué son los blogs y cómo dejar de confundirlos con otra cosa

Parafraseando el título del famoso texto de Doc Searls y David Weinberger “World of Ends. What the Internet Is and How to Stop Mistaking It for Something Else”, me propongo, en el prólogo de esta obra, intentar aclarar qué son los blogs y cómo dejar de confundirlos con otra cosa.

Buena parte de las “relaciones peligrosas” entre weblogs y medios tienen su origen en las dificultades para entender qué son los weblogs y qué es el periodismo.

Bastante sintomático de estas dificultades resulta la muy antigua y peor planteada pregunta acerca del si los blogs son periodismo y los variados intentos de reconvertir a redactores, editores y columnistas en bloguers como por arte de magia.

Decir que los weblogs (blogs o bitácoras) son sitios web personales compuestos por entradas individuales ordenadas mediante cronología inversa no parece resolver el dilema, así que planteo el siguiente decálogo.

1. Los blogs no son un género, son un medio
Al igual que los libros, las revistas o los discos no son, respectivamente, novela negra, cómic o balada; los blogs no son autobiografía ni periodismo. En todos los casos se trata de medios que, como tales, pueden utilizarse para cualquier propósito comunicativo o artístico. El medio no define el género, sino el lenguaje y los formatos de información (texto, imagen, audio, vídeo) que pueden utilizarse.

2. Los blogs no son medios de masas, son medios sociales
Salvo un puñado de casos excepcionales, los blogs son medios de escala comunitaria o social. En consecuencia, su influencia y repercusión no pueden ser analizadas con los mismos parámetros que se utilizan para valorar los medios de masas. La proyección de un blog no tiene que ver directamente con su tráfico, sino más bien con su posición dentro de la red. La capacidad de influencia de los blogs está mediatizada por la blogosfera en la que se inscribe y que opera como caja de resonancia de las noticias y opiniones publicadas en los sitios más modestos.

3. Los blogs no son espacios privados, son comunicación pública
“En mi blog yo hago lo que quiero” es una de las dos tonterías más extendidas de la blogosfera. El blog es un medio público y lo que no se puede hacer en público está regulado por la ley. “Escribo sólo para mí”, es la otra. Si uno hace escritura en un medio público, entonces escribe para ser leído por otros, de lo contrario escribe en una libreta y la esconde. Los lectores merecen que se les trate con respeto, que no se les mienta, que no se les oculten los conflictos de interés del autor o incluso, en ocasiones, su identidad.

4. Los blogs no van a acabar con ningún medio, pero les están haciendo cambiar
Como viene ocurriendo regularmente en la historia de las tecnologías de la información, la aparición de cada nuevo medio genera un discurso apocalíptico desde los medios anteriores que temen ser sustituidos. Lo cierto es que lo que esa historia demuestra es que las relaciones entre viejos y nuevos medios se rigen por una dinámica de acumulación y complementariedad pero no de sustitución. Los blogs no van a acabar con ningún medio, pero están haciendo cambiar a muchos.

5. Los blogs no son periodismo por ser blogs (cuando lo son, es por otra cosa)
La relación que hay entre blogs y periodismo es análoga a la que puede plantearse entre una máquina de escribir y la literatura. Las herramientas que utilizamos para escribir no definen el género de una obra. En este sentido, los blogs son una herramienta (un gestor de contenidos) que puede utilizarse para múltiples propósitos. La identidad periodística no deriva del acceso a herramientas de gestión y publicación de contenidos.

6. Los blogs no tienen editores, son medios autogestionados por sus autores
El viejo paradigma de la comunicación pública en la era analógica “primero se filtra, luego se publica” queda subvertido en la era digital, en la que “primero se publica, luego se filtra”. Los medios sociales permiten ejercer una forma de comunicación pública en la que desaparece la figura de los editores y el control previo de los contenidos, y en la que los usuarios asumen el rol de un filtro social distribuido y los buscadores se convierten en los nuevos intermediarios de la información. Un blog es un medio que no tiene editores y cuyo funcionamiento es asumido directamente por su autor.

7. Los blogs no son complicados, pero mantenerlos exige dedicación
La facilidad de poner en marcha un blog contrasta con la dificultad que supone la escritura y publicación regular de contenidos de calidad. Aunque inicialmente los blogs son fáciles, son rápidos y son gratis, lo cierto es que perseverar en la blogosfera requiere un esfuerzo continuado y a veces incluso genera gastos (dominio propio, hosting). Mantener un blog tiene que resultar divertido para el autor, tiene que reflejar su pasión por algo, pero sin duda representa un esfuerzo y exige tiempo.

8. Los blogs no son sólo un formato, también son una cultura
Un blog no sólo se define por sus elementos estructurales (entradas individuales, cronología inversa, archivos, categorías, comentarios), ni tampoco exclusivamente por el uso de un gestor de contenidos (Blogger, TypePad, WordPress), sino que supone también compartir y extender la cultura y el estilo del medio. La blogosfera no sólo es el espacio virtual de los blogs en la red, es también la cultura que el medio ha ido construyendo a lo largo de su historia.

9. Los blogs no son un monólogo, son una conversación
Aunque los comentarios que los lectores pueden formular ante cada entrada de un blog son la forma más evidente de conversación, lo cierto es que la metáfora de la conversación aplicada a la blogosfera se extiende más allá de esa práctica, muy especialmente mediante los enlaces externos y los trackbacks. Las referencias cruzadas construidas mediante enlaces constituyen uno de los ejes articuladores de la blogosfera y de la cultura de los blogs.

10. Los blogs son personales
Un blog es la voz particular de alguien. Un blog es el estilo de su autor, sus puntos de vista, sus preferencias, sus manías y sus gustos. Un blog es la proyección de una persona en la red, es una identidad que se va construyendo y expresando con retazos (enlaces, textos, vídeos, imágenes). Los blogs son personas que nos proponen una conversación.

Lecturas

Herrell, Alan, Are Weblogs Journalism?, Poynter Online, 15 de septiembre de 2002.
Orihuela, José Luis, La revolución de los blogs, La Esfera de los Libros, Madrid, 2006.
Searls, Doc y David Weinberger, World of Ends. What the Internet Is and How to Stop Mistaking It for Something Else, 3 de octubre de 2003.

Referencia
Orihuela, José Luis, “Qué son los blogs y cómo dejar de confundirlos con otra cosa”, en Cambronero, Antonio (Ed.), BlogGuest II, 8 años, Bubok, enero de 2009, pp. 9-11.

Categorías:Leído en...

Manifiesto de Internet

12 septiembre 2009 Deja un comentario

Cómo funciona el periodismo hoy. Diecisiete declaraciones.

1. Internet es diferente.

Internet genera diferentes esferas públicas, diferentes términos de comercio y diferentes habilidades culturales. Los medios deben adaptar sus métodos de trabajo a la realidad tecnológica actual en lugar de ignorarla o desafiarla. Es su deber desarrollar la mejor forma de periodismo posible basada en la tecnología disponible. Esto incluye productos y métodos periodísticos nuevos.

2. Internet es un imperio mediático tamaño bolsillo.

La web reacomoda las estructuras de medios ya existentes trascendiendo sus antiguas fronteras y oligopolios. La publicación y diseminación de los contenidos de medios han dejado de estar atados a grandes inversiones. La autoconcepción del periodismo está —afortunadamente— siendo privada de su función de centinela. Todo lo que nos queda es la calidad periodística a través de la cual el periodismo se diferencia de la mera publicación.

3. Internet es nuestra sociedad, nuestra sociedad es Internet.

Las plataformas basadas en la web como las redes sociales, Wikipedia o YouTube se han vuelto parte de la vida cotidiana de la mayoría de las personas del mundo occidental. Éstas son tan accesibles como el teléfono o la televisión. Si las empresas de medios quieren seguir existiendo, deben entender el universo conjunto de los usuarios actuales y abrazar sus formas de comunicación. Esto incluye formas básicas de comunicación social: escuchar y responder, también conocido como diálogo.

4. La libertad de Internet es inviolable.

La arquitectura abierta de la Internet constituye la ley IT básica de una sociedad que se comunica digitalmente y, consecuentemente, del periodismo. No puede ser modificada por el mero propósito de proteger los intereses comerciales o políticos frecuentemente escondidos detrás de la ficción del interés público. Sin importar cómo esté hecho, bloquear el acceso a Internet pone en peligro la libre circulación de la información y corrompe nuestro derecho fundamental a decidir nuestro propio nivel de información.

5. Internet es la victoria de la información.

Por causa de una tecnología insuficiente, las empresas periodísticas, los centros de investigación, las instituciones públicas y otras organizaciones han sido las encargadas de compilar y clasificar la información mundial hasta ahora. Hoy en día cada ciudadano puede montar su propio filtro personal de noticias mientras que los motores de búsqueda explotan la abundancia de información con una magnitud nunca antes vista. Los individuos ahora pueden informarse mejor que nunca.

6. Internet cambia perfecciona al periodismo.

Gracias a la Internet, el periodismo puede cumplir con su rol social-educativo de una nueva manera. Esto incluye presentar la información como un proceso continuo y de cambio constante; la confiscación de la inalterabilidad de la prensa es un beneficio. Aquellos que quieran sobrevivir en este nuevo mundo de información necesitan de un idealismo rejuvenecido, con nuevas ideas periodísticas y un sentido de placer al explotar este nuevo potencial.

7. La red requiere establecer contactos.

Los enlaces son conexiones. Nos conocemos a través de enlaces. Aquellos que no los usan se excluyen a sí mismos del discurso social. Esto también aplica para los sitios web de los medios tradicionales.

8. Los enlaces retribuyen, las citas adornan.

Los motores de búsqueda y los agregadores facilitan el periodismo de calidad: elevan el hallazgo de contenido excepcional sobre una base a largo plazo y por lo tanto son una parte integral de la nueva esfera pública conectada. Las referencias a través de enlaces y menciones —especialmente aquellas hechas sin ningún consentimiento o siquiera remuneración de su creador—hacen, en primer lugar, posible la cultura misma del discurso social conectado. Ellos son, en todos los casos, dignos de protección.

9. Internet es la nueva sede del discurso político.

La democracia prospera con la participación y la libertad de información. Transferir la discusión política desde los medios tradicionales hacia la Internet y expandirse en ésta discusión involucrando la participación activa del público es una de las nuevas tareas del periodismo.

10. Hoy libertad de prensa significa libertad de opinión.

El artículo 5 de la Constitución Alemana no comprende derechos de protección para profesiones o modelos de negocio técnicamente tradicionales. La Internet invalida los límites tecnológicos entre el amateur y el profesional. Esta es la razón por la que el privilegio de la libertad de prensa debe aplicar para cualquiera que desee contribuir al cumplimiento de las obligaciones periodísticas. Cualitativamente hablando, no debería existir diferencia alguna entre periodismo remunerado y no remunerado, sino entre periodismo bueno y periodismo malo.

11. Más es más – nunca la información es demasiada.

Había una vez instituciones tales como la Iglesia que priorizaban el poder por encima de la conciencia personal y alertaban sobre un flujo de información sin filtros cuando la imprenta fue inventada. Por otro lado estaban los panfleteros, enciclopedistas y periodistas que probaron que más información conduce a más libertad, tanto para el individuo como para la sociedad en su conjunto. Al día de hoy, nada ha cambiado al respecto.

12. La tradición no es un modelo de negocio.

Se puede hacer dinero en Internet con contenido periodístico. Existen muchos ejemplos de esto actualmente. Sin embargo, a causa de que la Internet es altamente competitiva, los modelos de negocio tienen que ser adaptados a la estructura de  la red. Nadie debería intentar fugarse de esta adaptación esencial diseñando políticas destinadas a preservar el status quo. El periodismo necesita abrir competencias para las mejores soluciones de refinanciación en la red, junto con el coraje de invertir en la implementación multifacética de estas soluciones.

13. El Copyright se vuelve un deber cívico en la Internet.

El derecho de reproducción es la piedra angular fundamental de la organización informacional en la Internet. Los derechos de los creadores para decidir el tipo y ámbito de diseminación de sus contenidos también son válidos en la red. Al mismo tiempo, el copyright no deberá ser abusado como una palanca para salvaguardar mecanismos de abastecimiento obsoletos y aislar nuevos modelos de distribución o programas de licencias. La propiedad acarrea obligaciones.

14. Internet posee numerosas divisas.

Los servicios periodísticos en línea financiados a través de anuncios ofrecen contenido a cambio del “efecto-tirón”. El tiempo de un lector, espectador u oyente es valorable. En la industria del periodismo, esta correlación siempre ha sido uno de los principios fundamentales de la financiación. Otras formas de refinanciación que son periodísticamente justificables necesitan ser forjadas y evaluadas.

15. Lo que está en la red se queda en la red.

La Internet está elevando al periodismo a un nuevo nivel cualitativo. Texto, sonido e imágenes en línea ya no tienen que ser transitorios. Permanecen recuperables, y por consiguiente construyen un archivo de historia contemporánea. El periodismo debe tomar el desarrollo de la información, su interpretación y errores en consideración, por ej., debe admitir estos errores y corregirlos de una manera transparente.

16. La calidad permanece como la cualidad más importante.

La Internet desacredita los productos homogéneos en masa. Sólo aquellos que sobresalen, son creíbles y excepcionales conseguirán una audiencia estable a largo plazo. Las demandas de los usuarios se han incrementado. El periodismo debe satisfacerlas y acatar sus propios principios formulados.

17. Todos para todos.

La web constituye una infraestructura para el intercambio social superior a la de los medios masivos de comunicación del siglo 20: cuando entra en duda, la “generación Wikipedia” es capaz de valorar la credibilidad de una fuente, rastrear noticias hasta la fuente original, investigarla, chequearla y evaluarla —solos o como parte de un esfuerzo grupal. Los periodistas que desdeñan esto y no están dispuestos a respetar estas habilidades no serán tomados en serio por estos internautas. La Internet hace posible comunicarse directamente con aquellos alguna vez conocidos como destinatarios —lectores, oyentes y espectadores—y sacar provecho de su conocimiento. No son los periodistas sabelotodos los que están en demanda, sino aquellos que comunican e investigan.

El “Manifiesto de Internet” ha sido publicado por uberblogged.com (http://j.mp/1tCq0T)   y “fue originalmente redactado en alemán por 15 periodistas y bloggers conocidos en la esfera de los nuevos medios alemanes.” La traducción al castellano es del propio blog (¡gracias!)

Categorías:Muy recomendable

Sólo un golpe más… 4. Tú debes confiar en mí

6 septiembre 2009 1 comentario

No había podido aguantar la incertidumbre. No comía, no dormía… veía estrecharse su visión del mundo como en un estrecho túnel, como dicen que les ocurre a los que conducen bebidos. Y a esto se sumaba su permanente dolor de cabeza, la condena que le hacía sentirse vivo y, a la vez, maldito. Cuando faltaban cinco minutos para su cita con el médico pensaba que ésta se iba a anular, siguiendo con el camino de fatalidades en el que parecía que acababa de entrar su vida.

Mientras aguardaba su turno en la sala de espera necesitaba ejercitar sus músculos, lo mismo que ejercitaba su cuerpo en el vestuario justo antes de un combate. Pero tuvo que conformarse y reducir sus movimientos a un leve temblor y a pequeñas contracciones musculares, ya que no estaba solo, sino bien acompañado por los otros pacientes que abarrotaban la estancia.

Coincidiendo con un suspiro, con la expulsión del aire cargado de humanidad que había irrumpido en sus pulmones, la enfermera pronunció su nombre en alto, mientras leía un formulario sujeto con un clip a una tabla de plástico duro. Se levantó y, sin mirar atrás, siguió a la impersonal bata blanca por el pasillo, hasta entrar en el despacho de su médico.

El joven neurocirujano (el cada vez más joven neurocirujano), mostraba una sonrisa condescendiente. Se levantó de su silla y le tendió la mano abierta. Y él sabía de antemano que estrechando esa mano sellaba un pacto de honor y deber con el doctor: tengas lo que tengas yo te operaré, tengas lo que tengas tú no sentirás dolor, pero necesito de tu colaboración. Tengas lo que tengas debes confiar en mí.

Como si de un decorado se tratara el cirujano había colgado, del negatoscopio que tenía a su espalda, una serie de radiografías con las secciones de una cabeza y un cerebro a distintos niveles. En una de ellas pudo reconocer una vena o arteria oscurecida que terminaba en una masa, también opaca. No sabía por qué, pero estaba seguro de que esa era su lesión, no sabía si era buena o mala, si era operable o no, pero aquel era el reflejo de su mal. Además de ésta, otras manchitas oscuras no le daban buena espina. Solo le quedaba escuchar al médico y prestar atención a lo que le decía, porque le veía mover los labios pero no entendía absolutamente nada.

Disculpándose (y poniendo una cara de tonto mayor que la habitual) pidió al médico que le repitiera su explicación. Con cara de voluntariosa paciencia el doctor le señaló aquella masa oscura de la resonancia. Efectivamente, era su lesión. Era un tumor, pero externo al cerebro. Solían ser benignos. Casi siempre, casi-siempre-son-benignos. El dolor de cabeza podía explicarse por la presión que el tumor –ya bastante crecido- ejercía entre la pared craneal y el cerebro. Y le preguntó por las otras manchitas… allí estaba la cicatriz de un pequeño derrame cerebral, probablemente viejo y consecuencia de algún golpe, y lo que aparentemente podían ser “lesiones desmielinizantes”. Él no sabía nada de eso. Nunca se las habían diagnosticado… el cirujano le contestó que eran motivo de un estudio posterior y por un neurólogo “diferente”…

Pero lo importante era la operación. Debían hacerla rápido, para evitar males mayores. En menos de una semana pasaría por el quirófano. No sabía qué era lo que le esperaba, si iba a sufrir, a quedar peor o menos válido, pero debía ser fiel a un pacto… “tengas lo que tengas tú debes confiar en mí”. Y así lo hizo. La confianza le tranquilizó y fue, junto con una muda de ropa y unos cuantos artículos de aseo, el único equipaje que se llevó al hospital.

MINI copyleft logo 2008,  NBR

Categorías:A veces escribo...

Sólo un golpe más… 3. La izquierda el doble que la derecha

6 septiembre 2009 1 comentario

Pensaba que ya lo había tirado todo por la borda y que ya no le quedaba nada por tirar. No es que intentara ser respetuoso consigo mismo -no lo era y nunca lo había sido- pero era un ser humano y, por tanto, débil. Nada santo, nada fuerte (excepto para encajar los golpes durante los combates), con un cuerpo no cuidado más que lo necesario y cada vez más decrépito. Siempre había achacado sus dolores de cabeza a los golpes recibidos en los combates, lo mismo que sus trabas lingüísticas, sus tropiezos andariegos y sus equivocaciones laterales. Pero un día no pudo soportarlo más.

La vida le había enseñado que casi podría aguantarlo todo, desde una pérdida continua de nivel profesional hasta una carencia total de imaginación, excepto para administrar y recibir golpes. Pero ya no podía soportar el dolor, porque éste iba en aumento sin una correspondencia en el ring y sin una posible disminución gracias a los analgésicos. Ya había tomado todos los conocidos y ya ninguno le hacía nada. Y gracias a su posición de indigente podría probar la sanidad para la beneficencia, utilizada por sus conocidos, encomiada por la mayoría.

Y así lo hizo. Utilizó sus recursos callejeros y acudió a la consulta de un joven médico. Su aspecto y sus maneras de recién estrenado neurólogo prometían lo mejor, aunque él realmente estaba dispuesto a largar a su paciente de la manera más rápida, con una receta de lo que sabía o que ya había utilizado: la aspirina, o el paracetamol, el ibuprofeno o el naproxeno, el ketrolaco, la cafeína o los antidepresivos tricíclicos, el propanolol o la prednisona, la mitisergina… Pero esta vez el boxeador no iba buscando una receta, sino un dictamen y una solución a sus problemas, fueran benignos o malignos. Le daba igual la vida o la muerte, pero necesitaba el sueño, la paz o una pequeña posibilidad de futuro.

Esta vez la receta era de un conocido antiepilétptico, el ácido valproico, con un nombre especialmente sonoro y una presentación muy apetitosa en grandes y redondeados comprimidos de color blanco. Sí, podría tomarlos, incluso en cantidades ingentes, pero tenía que decirle al médico que se sentía mal, que su pupila izquierda era permanentemente el doble de grande que la derecha -muchas veces había mirado sus propios ojos tras los golpes de los combates-, que ya casi no sentía una mano y que solo le quedaba confiar en la ciencia. Y el médico le oyó. No lo esperaba, pero le prestó atención. Le miró el fondo de los dos ojos (a pesar de los impactos en su cabeza nunca se le desprendió una retina) y le hizo quedarse firme y quieto con los ojos cerrados y los brazos en cruz. Finalmente, mientras garabateaba rápidamente un informe y una petición a los radiólogos, le espetó que tenía pinta de “tener algo” en la cabeza, que solo se podría saber tras una resonancia magnética, que hacérsela era urgente y que se la llevara en cuanto la tuviera. Y de pastillas… nada. Sólo los analgésicos de siempre hasta tener la resonancia.

El día de la resonancia llegó. Nunca había oído hablar de ella, por eso pensaba que era como las antiguas radiografías… pero de eso nada. Como si fuera habitual para él le metieron en un túnel cerrado, con un armazón alrededor de la cabeza. Y comenzó un ruido repetitivo y ensordecedor. Cinco, diez, quince, veinte… veinte minutos que aguantó como las tandas de golpes de sus últimos combates. Y algo salió mal, porque tras arponearle un brazo y conectarle a un suero el tormento volvió a comenzar… cinco, diez, quince, veinte… y pudo incorporarse y abrir los ojos, aunque sin confianza y sin tranquilidad. Presentía que iba a tardar en recuperarlas. MINI copyleft logo 2008, NBR

Categorías:A veces escribo...

Sólo un golpe más… 2. Plácida desorientación

6 septiembre 2009 Deja un comentario

El boxeador regresó a su casa, a lo que a partir de ahora sería “su hogar”. Y durante un tiempo echó de menos el ruido de los golpes contra el saco, el olor del linimento, el humo de los cigarros, el dolor de los golpes…. todo aquello que le hacía sentirse vivo.

Cuidaba su colección de caracolas, quitándole el polvo acumulado durante muchos años. Se sabía el nombre de cada una, su procedencia… incluso recordaba el día que había cogido alguna de ellas, aportada por el mar a su orilla. Y mimaba su jardín, ese pequeño trozo de tierra donde nacían, crecían y morían los únicos seres vivos que le acompañaban en su devenir diario.

Nunca le había pedido más a la vida que tener una existencia tranquila. Era consciente de sus limitaciones, de su escaso intelecto y de su fealdad física. Sabía que su mundo, en el que había vivido y que no podía olvidar, era presumiblemente corrupto. Él nunca se dejó corromper –más allá de lo que alguna vez le exigió el hambre- y lo peor que había llegado a oler era su propio sudor. Pero sus ahorros se acababan y, cada vez más, notaba que algo le faltaba. Se puso en venta, pero poco tenía que ofrecer: viejo, ajado, ignorante de casi todo. Pero con honor. Ese honor que siempre había tenido, el honor que no le había hecho ganar dinero, el honor que le había hecho perder el dinero que no tenía, el honor que llevó sus huesos a la lona por primera y única vez… el honor que le hizo salir huyendo de su mundo para no ser una burla de lo que había sido. Tenía honor en un mundo sin honor.

Nadie quiso comprarle. Porque no tenía nada que enseñar, porque sólo era el fantasma de un recuerdo extinto, porque los jóvenes denegaban su ayuda y su experiencia. Ellos ya se cuidarían de salir adelante como fuese, por encima de quien fuese, con cualquier tipo de arte, de buena o de mala arte. Y él era tan solo un viejo… un viejo amable y socarrón, sí, pero sólo un viejo. Ya ni siquiera valía su experiencia.

Pensó en mendigar para salir adelante. Podría pedir por las calles (su aspecto le podría acompañar en el empeño), pero su honor no se lo permitiría. Y ni siquiera se le pasó por la cabeza incurrir en cualquier tipo de delito. Cuando el hambre le acosó frecuentó los comedores públicos. Pero él era diferente. No pudo ni siquiera establecer una conversación, mientras detectaba una mirada de odio en los ojos de sus compañeros.

No sabía por qué, pero era diferente. No recordaba haber hecho nada malo, ni mal a nadie, pero se sentía culpable. Ya no podía mirarse en el espejo, porque a él también le repugnaba su aspecto. Y comenzó a odiar lo que era, en lo que se había convertido, lo que querría ser y lo que nunca sería.

Soñaba con desaparecer, con esfumarse súbitamente, sin tiempo y sin transición. Pero el mundo no se lo permitiría. Sabía que el cielo no le concedería la gracia de morir… y sabía que nadie le haría ese favor, porque se había convertido en un ser transparente. Ya no importaba nada y ya no le importaba a nadie.

Sólo podía esperar. Esperar a la tormenta que avivaba sus sentidos, a la oscuridad, a la contemplación de los otros para no sentir su nada. Y así, sin anhelos y sin futuro, dejaría de importarle al mundo. Porque ya no le importaba a nadie. Ni siquiera a él mismo.

MINI copyleft logo 2007, NBR

Categorías:A veces escribo...

Sólo un golpe más… 1. El fin de una época

6 septiembre 2009 1 comentario

Aquella era su posición preferida. La única en la que se sentía realmente cómodo. Sentado, con la cabeza baja y sus dos manos cubriendo sus orejas, descansaba de verdad. Y, además, se aislaba del mundo para meterse en su mundo. Fuera quedaban los sonidos de los golpes a los sacos, las arengas y reproches de los entrenadores, los chirridos de las botas al bailar sobre la lona… Cerrando los ojos se aislaba también de todo lo que podía aparecer ante su vista: aquella pintura sucia, vieja y desconchada, o el resplandor de las luces de neón. Del resto hacía tiempo que no tomaba conciencia, por su decrepitud y su decadencia, por lo que él consideraba ignominioso para los demás y no para sí mismo. Pero no podía aislarse de lo que su nariz podía captar. No había conseguido enmascarar aquellos olores: la suciedad, el linimento, el sudor… ni siquiera oliéndose a sí mismo… porque él olía así.

Durante esos minutos de aislamiento desatendía los requerimientos de su entorno y se concentraba en pensar. Porque pensar, para él, ya suponía un esfuerzo. Afrontaba, así, las decisiones que debía tomar, desde las más pequeñas y cotidianas hasta las que podían resultar trascendentales para su vida. Porque tenía decisiones que tomar y siempre retrasaba el momento de tomarlas. Hacía tiempo que debía haberlo dejado. Mucho tiempo. Pero se sentía incapaz de renunciar a lo que había sido su modo de vida, su ambiente, la fuente de la poca educación que tenía, el lugar donde estaban los escasos amigos que le quedaban. No era capaz de renunciar a la historia de su vida, escrita en las cicatrices de su cuerpo.

Pelear le hacía sentirse vivo. El movimiento de sus piernas marcaba el ritmo de su cotidianidad. Ensanchar los pulmones y vigilar su respiración refrescaba sus embotados sentidos. Para él, cubrirse no era solo defenderse, era abrazar al ser que había sido y sus ilusiones. Y esos eran los únicos abrazos que recibía. También los golpes le hacían sentirse vivo. Las heridas en su cara le volvían a hacer probar el sabor de su sangre. Le encajaban la mandíbula, habitualmente desencajada en una mueca de desdén. Ganchos y derechazos le recordaban, secuencialmente y con el dolor, dónde estaba su cuerpo: su hígado, el plexo solar, el espacio vacío donde antes estaba el bazo…  Y cada vez deseaba más que no sonara nunca esa campana o que llegara el golpe definitivo que acababa con sus huesos en la lona. Ambos eran como los despertadores que sonaban para devolverle a esa vida que no quería vivir.

Hacía tiempo que debía haberlo dejado. Mucho tiempo. Desde que comenzó a notar que sus fuerzas ya no eran las mismas. Que no lograba coordinar sus movimientos más allá de las puras acciones evasivas. Que el público le abucheaba en sus huidas hacia las cuerdas o cuando apuraba el último segundo de cada asalto. Desde que comenzaron a utilizarlo como sparring de los nuevos talentos o como comparsa en los combates previos de las grandes veladas.

Sin saber cómo ni por qué, se vio de nuevo sentado sobre aquella camilla, ajustándose los vendajes de sus manos, engrasando su cuerpo con vaselina, calzándose los guantes con dificultad. Y sin saber cómo se vio en medio de un pasillo humano, de un túnel de ruido ensordecedor y asfixiante humo de puros habanos. Sonó la campana y, por vez primera, sintió pánico. No conocía a su adversario –hacía tiempo que eso no le importaba- pero, de un vistazo, le pareció inexpugnable. Le superaba en altura, en fortaleza física… y era joven. Hace tiempo, la juventud de su contrincante no le habría atemorizado ya que –era lo normal- suponía una ingenua bisoñez y una carencia total de técnica. Pero esta vez supo que su técnica y sus habilidades largamente trabajadas no le servirían para nada. Su rival comenzó a tantearle con precaución, probando su juego de piernas, adivinando sus zonas más descubiertas. Y, casi desde los primeros segundos, comenzó a hacerle daño. Golpeaba y se retiraba, amagaba y volvía a golpear, hasta que sus golpes se convirtieron en una lluvia incesante de impactos y de dolor.  Miró a su esquina y lo que vio en una fracción de segundo se quedó congelado en su memoria. No había nerviosismo, ni temor, ni rostros crispados. Intentó oír y solo captó un profundo y denso silencio. Sin instrucciones, sin ánimos, ni arengas. Trató de pedir ayuda con su mirada. Intentó acelerar el reloj con el ritmo de su corazón… pero no sucedió nada. Nada.

Oscuridad. Dolor. Un intenso zumbido en sus oídos. Frío. Nadie con él. Estaba solo. Supo lo que había pasado: el golpe definitivo que siempre había esperado. Su primer KO… y el último… La decisión estaba tomada. El puño de su joven rival la había tomado por él. Porque él ya no tenía lugar en ese mundo. Ni siquiera su modo de vida, su ambiente, su miserable educación, sus escasos amigos y su historia le pertenecían.  Consiguió abrir los ojos. A duras penas se levantó de la camilla. Se vistió sin ducharse y no guardó sus pertenencias en la bolsa. Calzón, guantes, batín, toalla… ¿Para qué los necesitaba ya? Caminó lentamente hacia su casa. Sin mirar atrás. Con el único ritmo de sus lastimeros pasos. Su gesto volvió a desencajarse formando una mueca de desdén. Y volvió a olvidarse del mapa de su cuerpo. A partir de ahora se dedicaría a cuidar de su jardín… y a contemplar su colección de caracolas. MINI copyleft logo 2007, NBR

Categorías:A veces escribo... Etiquetas:
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.